Septiembre | Gabriel Zanetti

Fotografía: Josefina Astorga

Cuando llega septiembre suelo decir que todo se fue al carajo, lo asocio a una noción de fin de año anticipada. Los feriados del mes, mis hijas nuevamente bancándose la lata de los bailes nacionales, ensayando trote, sau-sau, trastrasera o cueca y, en mi caso, otro cumpleaños más, son un detonador de balances anticipados, donde por lo general no se han cumplido ni la mitad de las metas personales.

A pesar de lo anterior, la llegada de septiembre me provoca cierta alegría. Esa sensación de salud o alivio que implica haber pasado agosto, y con eso, las dificultades del invierno –aunque la primavera llega recién el 21 de este mes– calma mi frustración por no haber ahorrado, cambiado el auto, comprado terrenos en el sur o en la playa, terminar de escribir un libro, etcétera. Antes pensaba que la fiesta patria del 18 era lo que me entusiasmaba, pero al parecer es una cuestión climática o psicológica. La luz me hace bien, las horas de calor, la ligereza de ropa,  los aromos y ciruelos florecidos.

Por otra parte, hace unos diez años, le tengo cierto temor o respeto a este feriado. Supongo que a todos nos ha golpeado este exceso de entusiasmo alguna vez, con borracheras infames y su devenir en discusiones familiares, confesiones, declaraciones de amor impertinentes, embarazos no deseados –el llamado Viva Chile–, entre otros desatinos. Mi experiencia fue mucho más literal: un 18, luego de un malentendido, me rompieron la nariz de un combo con manopla, lo que terminó en una operación nasal y meses de recuperación posterior.

Se me viene a la cabeza ese squech de Plan Z, mítico programa de los 90, llamado “Víctimas del folclore” donde aparecían diversos sujetos desestabilizados por frases del tipo “allá va, allá va, allá viene”, “run run se fue pal norte”, “el costillar es mío me lo quieren quitar”, y recuerdo el sinsentido, delirio de tantas historias propias y ajenas. El orden de las fechas importantes de este mes tienen algo de siniestro: comenzamos con el 11 de septiembre, que dejó de ser feriado no hace mucho, la fecha más dolorosa de nuestra historia. Luego viene el ya mencionado 18, día en el cual se puede beber libremente en cualquier parte –el único otro día donde incurre esta permisión es el 1 de enero–, cosa que todos hacen, vía terremotos, chicha, piscolas o lo que sea. La alegría se huele en las calles: supermercados llenos, olor a asado en todas las cuadras, curados a poto pelado raja en las cunetas, música hasta el amanecer. El 19, feriado de las Glorias del Ejército, donde todo el país ve, a través del canal público, la representación total del orden y disciplina con el desfile de las fuerzas armadas en el parque O’Higgins, como un recordatorio para todo el país: compadre, comadre, mañana vuelven a sus lugares de trabajo, a marchar de nuevo, a planchar el uniforme, a respetar la autoridad, es un honor.

Sea como uno sea, hay cosas difíciles de eludir, como esta sensación del mes de la patria. Donde uno esté parado aparece algún símbolo, incluso en el extranjero, personificado en algún ser melancólico con poncho o la camiseta de la selección, invitándote a una fonda en las afueras de la ciudad. Es raro lo que me evoca el espíritu patriótico: ganas de ir y de no ir a estos encuentros. El viejo deseo de estar debajo de un sauce o un álamo, mirando el humo subir por la parrilla y ponerse nostálgico con el paisaje desteñido -la paleta de colores de la zona central de Chile- y el impulso de huir a la playa, a Brasil, lo más lejos posible de nuestra cultura, de revisitar un pasado familiar de costumbres en desuso y negarlas, como se suele hacer con todo lo relativo a los padres como mecanismo de sobrevivencia.

Gabriel Zanetti

Gabriel Zanetti

Santiago, 1983. Ha publicado Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Ediciones 2008, Malaletra Editores, 2009) y Prohibiciones y títulos (Lecturas Ediciones, 2015). Es productor literario en Ediciones UDP.
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